viernes, 9 de enero de 2015

Camino a ninguna parte


Me acuerdo mucho y de todo. De la mañana dando vueltas en la tienda tras cosas imposibles solo para consolarnos el desasosiego, del árbol de mamón que crecía en el patio de la ferretería junto a las montañas de arena para empañetar; ese olor tan embriagante de la fruta que no me dejaba comerla en paz. Aquella vez que descubrimos que las multitudes me asfixiaban y andaba con la carterita "azul cielo". De cuando caminar era la única opción y para que no pareciera largo el viaje me comprabas una paleta de helado. La brisa derretía el hielo tintado, se chorreaba y entonces llegaba con manchas y gotas de color a la ropa: un nuevo estampado en cada salida. Caminamos mucho, antes se podía y era necesario.
Del cuento de los tiros del '65, de la deserción, del camión lleno de maletas, del vendedor de biblias, del golpe con la sombrilla, el sacrificio diario, las goteras sincronizadas, las amanecidas, de las limonadas, de la mitad del callejón con flores y la otra con verduras, del miedo y la ignorancia del pueblo…
Y entre todos los refranes, uno que nunca como ahora parece tener más sentido, tal vez por lo poco que valen los cien pesos y lo mucho que escasean los amigos. ¡Si vieras lo cerca que está todo de todos y lo vacío que es el condenado todo! Es una lucha diaria: para hacerlo bien, quedar bien, vivir bien…no recuerdo ninguna frase ahora que me sirva para este entonces.

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Siempre harán falta aquellos que dedicaron su vida a darte las herramientas necesarias para seguir adelante, a repetirte que no se llega lejos si se está solo, a demostrarte que el humor es tan importante como el alimento, a hacer las cosas bien o no hacerlas, a distinguir el valor de las personas por el hecho magnífico de ser personas al igual que tú. Hemos sobrevivido a través del tiempo gracias al contacto, al traspaso de información, a la unión, al intercambio, al respeto, a la lealtad...Hay quienes van a ninguna parte. 

A mi padre. 
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